martes, 28 de julio de 2026

La borradura de la huella deja la huella de la borradura (II).

Releyendo el post precedente me doy cuenta de que es demasiado impreciso y medio vago, por no decir confuso.

Así que voy a intentar ajustarlo para resolver esas falencias.

En lo que respecta a la objetivación lo que quise significar es que una cosa es un proceso mental-cognitivo (que eventualmente llevará a un resultado, por ej., una máquina-herramienta nueva, o, también, un conocimiento nuevo) y otra cosa distinta es ese resultado de ese proceso y cómo ese resultado se transmite y es difundido o absorbido por la sociedad.

Un sistema o, para usar la conceptualización marxista, un modo de producción no necesita del proceso mental-cognitivo subjetivo para reproducirse. Se reproduce con las objetivaciones, sean éstas, técnicas, productivas, organizativas o de conocimiento, es decir, con los resultados de ese proceso. Y esto es así porque las objetivaciones ya pertenecen a lo social, ya están fuera del control de lo subjetivo que la produjo.

Pero no todo en la historia es reproducción, también hay producción. En algún momento eso que estamos acostumbrados a que se reproduzca, tuvo un origen, una génesis y, ese origen o génesis no puede localizarse en una objetivación previa, sino, necesariamente, en la instancia subjetiva del proceso mental y cognitivo del descubrimiento y la apertura a una nueva objetivación.

Lo que, en el post precedente, propuse denominar “potencia cognitiva” corresponde a la instancia ontológica-subjetiva dada en todos los seres humanos que tiene la facultad o capacidad de lidiar con enigmas o problemas, perturbando a las objetivaciones previas, y generando hipótesis o ideas para resolver esas perturbaciones y abrir el camino a nuevas objetivaciones.

Esta dimensión subjetiva de la potencia cognitiva donde anidan todas las posibilidades del cambio, la transformación o la reorganización de lo ya establecido y conocido es irreductible a toda objetivación, en el sentido de que los pasajes al acto y objetivaciones a que da lugar, no la agotan ni se identifican con ella.  

Definiremos, entonces, a la potencia cognitiva como el poder de generar configuraciones las cuales nunca pueden agotar dicha potencia, la que no es cuantificable. Es decir que la potencia cognitiva no se somete a las propias configuraciones que posibilita crear. Dichas configuraciones pueden ser simbólicas, técnicas o institucionales pero no son deducibles exhaustivamente de las objetivaciones existentes

La potencia no puede definirse desde sus resultados porque eso sería caer en el sesgo retrospectivo que mencioné en el post anterior. La potencia no es un catálogo de productos futuros, sino la apertura condicionada a la producción de determinaciones. Es una capacidad generativa.

La potencia cognitiva necesita objetivarse para adquirir eficacia histórica, pero no puede reducirse a lo objetivado porque una capacidad no se agota en ninguno de sus actos.

Ahora bien, alguno podría preguntarse ¿qué ganamos con introducir esta conceptualización de esa dimensión subjetiva que es la potencia cognitiva?

Por ej., Marx representa a la máquina como trabajo pasado objetivado o “trabajo muerto”, es decir se refiere a cuánto gasto de trabajo humano fue necesario para producirla, cuánta acumulación de trabajo supuso producirla.

Pero, si se tiene en cuenta a la dimensión que propongo, la máquina pasa a ser una configuración cognitiva objetivada mediante trabajo y materiales. ¿Se entiende la sutileza?

Marx interroga cuánto gasto humano fue necesario. Yo interrogo por qué ese gasto adquirió precisamente esa configuración. El tiempo pasado no explica la forma de ese gasto. Dos procesos pueden emplear cantidades semejantes de trabajo y producir objetos de potencias radicalmente distintas.

Igual gasto no equivale a igual configuración, y ésta no equivale a igual potencia productiva. ¿Se entiende el punto?

La máquina no es productiva porque contenga muchas horas muertas. Es productiva porque esas horas, materiales y conocimientos fueron organizados de una manera determinada.

Para ser justos, en los Grundrisse, Marx llega a advertir esto (describe las máquinas como órganos del cerebro humano producidos por la mano y como fuerza del conocimiento objetivada). Pero no se hace cargo de ello cuando vuelve a su sistema categorial dominante, la máquina aparece como capital fijo, trabajo muerto, valor transferido o medio para elevar la plusvalía relativa.

El conocimiento objetivado es reconocido descriptivamente, pero subordinado teóricamente a las categorías de trabajo y capital. Falta una categoría para aquello que genera configuraciones cognitivas antes de su objetivación.

Si Marx admitiera una potencia productora de configuraciones que no fuera reducible a tiempo de trabajo, no estuviera ya objetivada, no se dedujera de la contradicción existente, no perteneciera exclusivamente a una clase o no tuviera resultados pronosticables, entonces tendría que aceptar una causalidad histórica que su métrica del valor no puede representar.

El “autoengaño” de Marx se encuentra en la arquitectura de su teoría. En efecto, al reconocer como sustancia del valor únicamente el gasto abstracto de trabajo, termina representando la novedad como si fuera un resultado del trabajo acumulado, aunque la cantidad acumulada no explique la aparición de una forma nueva.

La suma de repeticiones no produce una regla nueva. La actividad reproductiva aplica una regla previamente disponible que puede repetirse, serializarse y medirse mediante tiempo.

En cambio, la actividad creadora (localizada en la instancia subjetiva de la potencia cognitiva) produce o transforma la regla, no produce solamente otra unidad dentro del proceso, sino que modifica el proceso mediante el cual se producirán todas las unidades posteriores.

Ambas actividades gastan energía física y mental. Pero esa propiedad común no explica la diferencia entre la forma reproductiva de las objetivaciones conocidas y la forma creativa que da lugar a nuevas objetivaciones.

Si las transformaciones históricas decisivas dependen de la producción de configuraciones nuevas y estas dependen de la instancia subjetiva de la potencia cognitiva, entonces una teoría que sitúa el principio explicativo fundamental en el trabajo reproductivo deja sin representación teórica explícita el mecanismo que genera esas transformaciones.

Si toda diferencia cualitativa puede reconstruirse retrospectivamente como acumulación, contradicción o trabajo objetivado, entonces la novedad solo es aparente, sería el despliegue de algo ya contenido en el pasado. Reconocer una novedad real exige admitir un pasaje al acto de la potencia subjetiva cognitiva cuyo resultado esté condicionado por el pasado, pero no sea deducible de él.

Quería terminar con la siguiente analogía (no validante).

El trabajo abstracto se relaciona con la producción humana como la energía lumínica con la fotosíntesis, constituye un sustrato cuantificable y necesario, pero no explica la forma organizada que resulta. Una planta puede disipar casi toda la energía que recibe y, sin embargo, crecer porque una pequeña fracción es capturada por una estructura capaz de reproducir y ampliar su propia potencia. Del mismo modo, una sociedad puede gastar enormes cantidades de energía humana en actividades repetitivas, mientras un pasaje al acto comparativamente pequeño produce una configuración cognitiva que reorganiza toda la producción futura.

El crecimiento de la capacidad no es proporcional a la cantidad de energía retenida, porque depende de la forma en que esa energía queda organizada.

Medir la continuidad del gasto permite hacer un balance, pero no explicar la producción de organización. Marx posee una métrica de los flujos de trabajo objetivados, mientras que el concepto de potencia cognitiva intenta identificar la capacidad configuradora que hace posible que una parte de esos flujos se convierta en nuevas formas productivas.

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