Releyendo el post precedente me doy cuenta de que es demasiado impreciso y medio vago, por no decir confuso.
Así que voy a intentar ajustarlo para resolver esas
falencias.
En lo que respecta a la objetivación lo que quise significar
es que una cosa es un proceso mental-cognitivo (que eventualmente llevará a un
resultado, por ej., una máquina-herramienta nueva, o, también, un conocimiento
nuevo) y otra cosa distinta es ese resultado de ese proceso y cómo ese
resultado se transmite y es difundido o absorbido por la sociedad.
Un sistema o, para usar la conceptualización marxista, un
modo de producción no necesita del proceso mental-cognitivo subjetivo para
reproducirse. Se reproduce con las objetivaciones, sean éstas, técnicas, productivas,
organizativas o de conocimiento, es decir, con los resultados de ese proceso. Y
esto es así porque las objetivaciones ya pertenecen a lo social, ya están fuera
del control de lo subjetivo que la produjo.
Pero no todo en la historia es reproducción, también
hay producción. En algún momento eso que estamos acostumbrados a que se
reproduzca, tuvo un origen, una génesis y, ese origen o génesis no puede localizarse
en una objetivación previa, sino, necesariamente, en la instancia subjetiva del
proceso mental y cognitivo del descubrimiento y la apertura a una nueva
objetivación.
Lo que, en el post precedente, propuse denominar “potencia
cognitiva” corresponde a la instancia ontológica-subjetiva dada en todos los
seres humanos que tiene la facultad o capacidad de lidiar con enigmas o
problemas, perturbando a las objetivaciones previas, y generando hipótesis o
ideas para resolver esas perturbaciones y abrir el camino a nuevas
objetivaciones.
Esta dimensión subjetiva de la potencia cognitiva donde anidan
todas las posibilidades del cambio, la transformación o la reorganización de lo
ya establecido y conocido es irreductible a toda objetivación, en el sentido de
que los pasajes al acto y objetivaciones a que da lugar, no la agotan ni se
identifican con ella.
Definiremos, entonces, a la potencia cognitiva como
el poder de generar configuraciones las cuales nunca pueden agotar dicha
potencia, la que no es cuantificable. Es decir que la potencia cognitiva no se
somete a las propias configuraciones que posibilita crear. Dichas configuraciones
pueden ser simbólicas, técnicas o institucionales pero no son deducibles
exhaustivamente de las objetivaciones existentes
La potencia no puede definirse desde sus resultados porque
eso sería caer en el sesgo retrospectivo que mencioné en el post anterior. La
potencia no es un catálogo de productos futuros, sino la apertura condicionada
a la producción de determinaciones. Es una capacidad generativa.
La potencia cognitiva necesita objetivarse para adquirir
eficacia histórica, pero no puede reducirse a lo objetivado porque una
capacidad no se agota en ninguno de sus actos.
Ahora bien, alguno podría preguntarse ¿qué ganamos con introducir
esta conceptualización de esa dimensión subjetiva que es la potencia cognitiva?
Por ej., Marx representa a la máquina como trabajo pasado
objetivado o “trabajo muerto”, es decir se refiere a cuánto gasto de trabajo
humano fue necesario para producirla, cuánta acumulación de trabajo supuso
producirla.
Pero, si se tiene en cuenta a la dimensión que propongo, la
máquina pasa a ser una configuración cognitiva objetivada mediante trabajo y
materiales.
¿Se entiende la sutileza?
Marx interroga cuánto gasto humano fue necesario. Yo
interrogo por qué ese gasto adquirió precisamente esa configuración. El tiempo
pasado no explica la forma de ese gasto. Dos procesos pueden emplear cantidades
semejantes de trabajo y producir objetos de potencias radicalmente distintas.
Igual gasto no equivale a igual configuración, y ésta no equivale
a igual potencia productiva. ¿Se entiende el punto?
La máquina no es productiva porque contenga muchas horas
muertas. Es productiva porque esas horas, materiales y conocimientos fueron
organizados de una manera determinada.
Para ser justos, en los Grundrisse, Marx llega a
advertir esto (describe las máquinas como órganos del cerebro humano producidos
por la mano y como fuerza del conocimiento objetivada). Pero no se hace cargo
de ello cuando vuelve a su sistema categorial dominante, la máquina aparece
como capital fijo, trabajo muerto, valor transferido o medio para elevar la
plusvalía relativa.
El conocimiento objetivado es reconocido descriptivamente,
pero subordinado teóricamente a las categorías de trabajo y capital. Falta una
categoría para aquello que genera configuraciones cognitivas antes de su
objetivación.
Si Marx admitiera una potencia productora de configuraciones
que no fuera reducible a tiempo de trabajo, no estuviera ya objetivada, no se
dedujera de la contradicción existente, no perteneciera exclusivamente a una
clase o no tuviera resultados pronosticables, entonces tendría que aceptar una
causalidad histórica que su métrica del valor no puede representar.
El “autoengaño” de Marx se encuentra en la arquitectura de
su teoría. En efecto, al reconocer como sustancia del valor únicamente el gasto
abstracto de trabajo, termina representando la novedad como si fuera un
resultado del trabajo acumulado, aunque la cantidad acumulada no explique la
aparición de una forma nueva.
La suma de repeticiones no produce una regla nueva. La actividad reproductiva aplica
una regla previamente disponible que puede repetirse, serializarse y medirse
mediante tiempo.
En cambio, la actividad creadora (localizada en la instancia
subjetiva de la potencia cognitiva) produce o transforma la regla, no produce
solamente otra unidad dentro del proceso, sino que modifica el proceso mediante
el cual se producirán todas las unidades posteriores.
Ambas actividades gastan energía física y mental. Pero esa
propiedad común no explica la diferencia entre la forma reproductiva de las objetivaciones conocidas y la forma
creativa que da lugar a nuevas objetivaciones.
Si las transformaciones históricas decisivas dependen de la
producción de configuraciones nuevas y estas dependen de la instancia subjetiva
de la potencia cognitiva, entonces una teoría que sitúa el principio
explicativo fundamental en el trabajo reproductivo deja sin representación
teórica explícita el mecanismo que genera esas transformaciones.
Si toda diferencia cualitativa puede reconstruirse
retrospectivamente como acumulación, contradicción o trabajo objetivado,
entonces la novedad solo es aparente, sería el despliegue de algo ya contenido
en el pasado. Reconocer una novedad real exige admitir un pasaje al acto de la
potencia subjetiva cognitiva cuyo resultado esté condicionado por el pasado,
pero no sea deducible de él.
Quería terminar con la siguiente analogía (no validante).
El trabajo abstracto se relaciona con la producción humana
como la energía lumínica con la fotosíntesis, constituye un sustrato
cuantificable y necesario, pero no explica la forma organizada que resulta. Una
planta puede disipar casi toda la energía que recibe y, sin embargo, crecer
porque una pequeña fracción es capturada por una estructura capaz de reproducir
y ampliar su propia potencia. Del mismo modo, una sociedad puede gastar enormes
cantidades de energía humana en actividades repetitivas, mientras un pasaje al
acto comparativamente pequeño produce una configuración cognitiva que
reorganiza toda la producción futura.
El crecimiento de la capacidad no es proporcional a la
cantidad de energía retenida, porque depende de la forma en que esa energía
queda organizada.
Medir la continuidad del gasto permite hacer un balance,
pero no explicar la producción de organización. Marx posee una métrica de los
flujos de trabajo objetivados, mientras que el concepto de potencia cognitiva
intenta identificar la capacidad configuradora que hace posible que una parte
de esos flujos se convierta en nuevas formas productivas.
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