domingo, 26 de julio de 2026

La borradura de una huella deja la huella de la borradura. El problema en Marx.

Marx -y la mayoría de los marxistas- conciben la novedad histórica como algo ya objetivado. Esto significa que toman el resultado de algo y lo convierten en un dato, en un punto de partida. Es decir, ese algo que no tiene lugar en la arquitectura teórica es, en rigor, el resultado de un proceso que llevó a que ese algo finalmente exista u ocurra.

Esta operación de borradura está posibilitada por un sesgo retrospectivo por el cual se asume que los eventos y acontecimientos pasados contienen en sí, en germen, el despliegue del proceso posterior, como si todo fuera una cuestión de desarrollo de las objetivaciones y de sus relaciones a medida que aparecen. La historia es la historia de lo objetivado.

Así, por ej., Marx, en su historia de la acumulación primitiva u originaria, encuentra la génesis de lo que ocurrirá después con el capitalismo. El descubrimiento de América, la extracción de nuevos recursos minerales, el aumento del comercio, la navegación, la revolución agrícola, etc., etc., son todos factores que prefiguran y direccionan la historia hacia el surgimiento del capitalismo.

Su conceptualización sobre las “formas de transición” son otra manera de encontrar el presente “en germen” en el pasado.

Lo mismo ocurre con su concepto y/o una parte del mismo de “trabajo abstracto” que opera una reducción de la heterogeneidad de las formas del trabajo histórico a “gasto de energía mental y física” o la heterogeneidad productiva a “productividad media o normal”, etc., etc.

O considerar a la maquinaria o equipos (capital constante) como “trabajo muerto” pasado objetivado.

Todas estas operaciones “teóricas” tienen en común que abstraen el proceso subjetivo y su eficacia en las condiciones sociales concretas, que lleva a un resultado determinado.

La única manera de introducir el proceso subjetivo en la historia es admitir que existe una dimensión que está operando, la que no se me ocurre otra manera de denominar como “potencia cognitiva”.

Esta potencia cognitiva se define como la actividad o proceso subjetivo que desemboca en un descubrimiento cuya absorción social produce objetivaciones nuevas. La mayoría de las teorías no tiene en cuenta esto, no solo el marxismo.

En general tienden a percibirse las innovaciones como cosas ya objetivadas y los epistemólogos tendieron a concebir el “contexto de descubrimiento” como algo casi perteneciente a la psicología, a los confines de la mente individual, cuya actividad productora de conocimientos nuevos no es susceptible de predicarse nada, excepto que es inobservable e impredecible.

Cuando Marx parece referirse a la “base antropológica” del trabajo abstracto como continuo de gasto de energía mental y física humana, está abstrayendo las formas diferentes en que ese gasto se organizó según las épocas. Esas formas diferentes condujeron a diferencias de productividad, por ej.

Ahora bien, ¿de dónde surge la capacidad de reorganizar algo? ¿De las formas ya objetivadas (modos de producción, etc.)? Evidentemente no, porque las formas ya objetivadas solo dan lugar a la reproducción de lo ya conocido no a la introducción de una forma nueva.

Esta forma nueva no surge del gasto homogéneo o serial de energía. A lo sumo, ese gasto conduce a reproducir algo existente.

Es obvio que toda actividad que lleva a un descubrimiento tiene un sustrato de gasto de energía mental y física, pero eso está muy lejos de explicar cómo se produjo el descubrimiento.

Einstein gastó energía mental y física para descubrir la relatividad, pero todos sus predecesores sumados también gastaron enormes cantidades de energía mental y física, pero no la descubrieron.

Lo mismo sucede en la economía, con sus propias particularidades, pero, en esencia es lo mismo.

Por lo tanto, no queda otra que introducir una dimensión que dé cuenta del proceso por medio del cual ocurre el descubrimiento.

Propongo designar esa dimensión con el nombre de “potencia cognitiva” como ya dije y, además, el “pasaje al acto” o actualización de esa potencia, que serían los contenidos específicos de los descubrimientos.

Al verse las cosas así, ya podemos salir de la fetichización de las objetivaciones y el sesgo retrospectivo.

En efecto, por ej., Colón descubrió otro continente (sin él saberlo) no por presiones e incentivos de un “protocapitalismo” sino porque creyó en las estimaciones de un sabio de la época (Toscanelli) que, siguiendo la tradición medieval ptolemaica, estimó (mal) el tamaño esférico de la Tierra (subestimado) y agrandó los territorios de Oriente. Esa creencia y su propia obstinación y perseverancia permitieron que pudiera convencer a los Reyes y organizara la aventura.

Si dejamos el sesgo retrospectivo de lado, el rango de incertidumbre sobre el resultado de la empresa que se propuso Colón era enorme, máxime teniendo en cuenta que los cálculos y mediciones que había efectuado Eratóstenes en su momento eran mucho más precisos (casi acertaba con el tamaño real de la Tierra) que los de Ptolomeo (que subestimaba mucho ese tamaño). Pero Eratóstenes era una figura que no contaba, hacia fines del siglo XV, del suficiente conocimiento y/o la aceptación de los sabios de la época, como sí tenía Ptolomeo.

Con el mismo criterio que utiliza Marx para reconstruir los orígenes históricos del capitalismo podría argüirse que las presiones e incentivos de fines del siglo XV no eran los de un “protocapitalismo” en germen sino los de un feudalismo tardío. Pero con eso no ganamos nada, ambas formas de reconstrucción abstraen las potencias subjetivas involucradas, sus capacidades de pasajes al acto, el largo encadenamiento desde 12 o 13 siglos antes respecto a la imagen esférica de la Tierra y sus posibilidades de medición, y el efecto social que produjeron.

Este es otro problema en Marx: el conocimiento también se objetiva, pero se puede reformular, trascender, suplementar y complementar y para eso se necesita la potencia cognitiva y los pasajes al acto o actualizaciones de la misma. Las objetivaciones pasadas no garantizan eso.

La misma operación de borradura puede observarse en el concepto de “trabajo muerto” o trabajo pasado objetivado en medios de producción. Marx es claramente conciente del papel de la inteligencia y el conocimiento científico colectivo pero solo lo concibe como objetivado (resultado) a partir de resultados que coloca como premisas. Es decir, lo que fue producto de alguna actividad subjetiva, queda reabsorbido como objetivación conocida, a partir de la cual se produce la reproducción.

La máquina herramienta es resultado de conocimiento objetivado que no necesariamente es coextenso con el modo de producción, no solo es “trabajo vivo” de quien la produce.

Es decir, nunca puede dar o construir categorías que puedan dar cuenta del proceso de cambio de una época de reproducción a otra época de reproducción. Siempre recurre a insertar la contradicción o el germen en la época precedente.

Lo mismo ocurre con su categoría de TTSN y “trabajo abstracto” como sustancia del valor.

En efecto, reconoce explícita o implícitamente que los trabajos concretos privados son heterogéneos productivamente, pero, en lugar de interrogarse de dónde proviene esa heterogeneidad, procede a la homogeneización estadística (sea modal, promedio, etc.) de las productividades o a la validación por el mercado.

¿Qué provoca las diferencias de productividad? Seguro no una objetivación previa, sino alguna clase de novedad que amplía el espacio de posibilidades. Y esa clase de novedad solo puede surgir de la potencia cognitiva y su capacidad de pasar al acto.

Ningún capital puede comprar eso. Sí puede comprar “trabajo vivo” calificado para que hagan exploración, investigación, etc., pero no garantiza la actualización de la potencia cognitiva que depende de cada subjetividad y de la conformación e interrelación de las distintas agencias que la componen (cognición, emoción, afectos, etc.).

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