Marx -y la mayoría de los marxistas- conciben la novedad histórica como algo ya objetivado. Esto significa que toman el resultado de algo y lo convierten en un dato, en un punto de partida. Es decir, ese algo que no tiene lugar en la arquitectura teórica es, en rigor, el resultado de un proceso que llevó a que ese algo finalmente exista u ocurra.
Esta operación de borradura está posibilitada por un sesgo
retrospectivo por el cual se asume que los eventos y acontecimientos pasados
contienen en sí, en germen, el despliegue del proceso posterior, como si todo
fuera una cuestión de desarrollo de las objetivaciones y de sus relaciones a
medida que aparecen. La historia es la historia de lo objetivado.
Así, por ej., Marx, en su historia de la acumulación
primitiva u originaria, encuentra la génesis de lo que ocurrirá después con el
capitalismo. El descubrimiento de América, la extracción de nuevos recursos
minerales, el aumento del comercio, la navegación, la revolución agrícola,
etc., etc., son todos factores que prefiguran y direccionan la historia hacia
el surgimiento del capitalismo.
Su conceptualización sobre las “formas de transición” son
otra manera de encontrar el presente “en germen” en el pasado.
Lo mismo ocurre con su concepto y/o una parte del mismo de
“trabajo abstracto” que opera una reducción de la heterogeneidad de las formas
del trabajo histórico a “gasto de energía mental y física” o la heterogeneidad
productiva a “productividad media o normal”, etc., etc.
O considerar a la maquinaria o equipos (capital constante)
como “trabajo muerto” pasado objetivado.
Todas estas operaciones “teóricas” tienen en común que abstraen
el proceso subjetivo y su eficacia en las condiciones sociales concretas, que
lleva a un resultado determinado.
La única manera de introducir el proceso subjetivo en la
historia es admitir que existe una dimensión que está operando, la que no se me
ocurre otra manera de denominar como “potencia cognitiva”.
Esta potencia cognitiva se define como la actividad o
proceso subjetivo que desemboca en un descubrimiento cuya absorción social
produce objetivaciones nuevas. La mayoría de las teorías no tiene en cuenta
esto, no solo el marxismo.
En general tienden a percibirse las innovaciones como cosas
ya objetivadas y los epistemólogos tendieron a concebir el “contexto de
descubrimiento” como algo casi perteneciente a la psicología, a los confines de
la mente individual, cuya actividad productora de conocimientos nuevos no es
susceptible de predicarse nada, excepto que es inobservable e impredecible.
Cuando Marx parece referirse a la “base antropológica” del
trabajo abstracto como continuo de gasto de energía mental y física humana,
está abstrayendo las formas diferentes en que ese gasto se organizó según las
épocas. Esas formas diferentes condujeron a diferencias de productividad, por
ej.
Ahora bien, ¿de dónde surge la capacidad de reorganizar
algo? ¿De las formas ya objetivadas (modos de producción, etc.)? Evidentemente no,
porque las formas ya objetivadas solo dan lugar a la reproducción de lo ya conocido
no a la introducción de una forma nueva.
Esta forma nueva no surge del gasto homogéneo o serial de
energía. A lo sumo, ese gasto conduce a reproducir algo existente.
Es obvio que toda actividad que lleva a un descubrimiento
tiene un sustrato de gasto de energía mental y física, pero eso está muy lejos
de explicar cómo se produjo el descubrimiento.
Einstein gastó energía mental y física para descubrir la
relatividad, pero todos sus predecesores sumados también gastaron enormes
cantidades de energía mental y física, pero no la descubrieron.
Lo mismo sucede en la economía, con sus propias
particularidades, pero, en esencia es lo mismo.
Por lo tanto, no queda otra que introducir una dimensión que
dé cuenta del proceso por medio del cual ocurre el descubrimiento.
Propongo designar esa dimensión con el nombre de “potencia
cognitiva” como ya dije y, además, el “pasaje al acto” o actualización de esa
potencia, que serían los contenidos específicos de los descubrimientos.
Al verse las cosas así, ya podemos salir de la fetichización
de las objetivaciones y el sesgo retrospectivo.
En efecto, por ej., Colón descubrió otro continente (sin él
saberlo) no por presiones e incentivos de un “protocapitalismo” sino porque creyó
en las estimaciones de un sabio de la época (Toscanelli) que, siguiendo la
tradición medieval ptolemaica, estimó (mal) el tamaño esférico de la Tierra
(subestimado) y agrandó los territorios de Oriente. Esa creencia y su propia
obstinación y perseverancia permitieron que pudiera convencer a los Reyes y
organizara la aventura.
Si dejamos el sesgo retrospectivo de lado, el rango de
incertidumbre sobre el resultado de la empresa que se propuso Colón era enorme,
máxime teniendo en cuenta que los cálculos y mediciones que había efectuado
Eratóstenes en su momento eran mucho más precisos (casi acertaba con el tamaño
real de la Tierra) que los de Ptolomeo (que subestimaba mucho ese tamaño). Pero
Eratóstenes era una figura que no contaba, hacia fines del siglo XV, del suficiente
conocimiento y/o la aceptación de los sabios de la época, como sí tenía
Ptolomeo.
Con el mismo criterio que utiliza Marx para reconstruir los
orígenes históricos del capitalismo podría argüirse que las presiones e
incentivos de fines del siglo XV no eran los de un “protocapitalismo” en germen
sino los de un feudalismo tardío. Pero con eso no ganamos nada, ambas formas de
reconstrucción abstraen las potencias subjetivas involucradas, sus capacidades
de pasajes al acto, el largo encadenamiento desde 12 o 13 siglos antes respecto
a la imagen esférica de la Tierra y sus posibilidades de medición,
y el efecto social que produjeron.
Este es otro problema en Marx: el conocimiento también se objetiva,
pero se puede reformular, trascender, suplementar y complementar y para eso se
necesita la potencia cognitiva y los pasajes al acto o actualizaciones de la
misma. Las objetivaciones pasadas no garantizan eso.
La misma operación de borradura puede observarse en el concepto de
“trabajo muerto” o trabajo pasado objetivado en medios de producción. Marx es
claramente conciente del papel de la inteligencia y el conocimiento científico
colectivo pero solo lo concibe como objetivado (resultado) a partir de
resultados que coloca como premisas. Es decir, lo que fue producto de alguna actividad
subjetiva, queda reabsorbido como objetivación conocida, a partir de la cual se
produce la reproducción.
La máquina herramienta es resultado de conocimiento objetivado que
no necesariamente es coextenso con el modo de producción, no solo es “trabajo
vivo” de quien la produce.
Es decir, nunca puede dar o construir categorías que puedan dar
cuenta del proceso de cambio de una época de reproducción a otra época de reproducción.
Siempre recurre a insertar la contradicción o el germen en la época precedente.
Lo mismo ocurre con su categoría de TTSN y “trabajo abstracto” como
sustancia del valor.
En efecto, reconoce explícita o implícitamente que los trabajos
concretos privados son heterogéneos productivamente, pero, en lugar de interrogarse
de dónde proviene esa heterogeneidad, procede a la homogeneización estadística
(sea modal, promedio, etc.) de las productividades o a la validación por el
mercado.
¿Qué provoca las diferencias de productividad? Seguro no una
objetivación previa, sino alguna clase de novedad que amplía el espacio de
posibilidades. Y esa clase de novedad solo puede surgir de la potencia
cognitiva y su capacidad de pasar al acto.
Ningún capital puede comprar eso. Sí puede comprar “trabajo vivo”
calificado para que hagan exploración, investigación, etc., pero no garantiza
la actualización de la potencia cognitiva que depende de cada subjetividad y de
la conformación e interrelación de las distintas agencias que la componen (cognición,
emoción, afectos, etc.).
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