miércoles, 2 de septiembre de 2026

El sistema oligárquico y el moho limoso (parte II). La falsa geometría de los Estados y la individuación soberana

En el post precedente usamos la metáfora del sistema oligárquico global del moho limoso o plasmodio: un organismo multinucleado que, pese a extenderse sobre una superficie muy amplia, mantiene una continuidad interior. Sus diferentes núcleos no constituyen células independientes porque no existen membranas que los separen entre sí. Hay muchos núcleos, pero un solo organismo.

Vamos a indagar un poquito más en las consecuencias políticas y analíticas de esta metáfora.

Cuando identificamos determinados nodos mediante las siglas o nombres de los países donde se encuentran -Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Ucrania, etc.- estamos indicando solamente su localización. Una etiqueta geográfica y jurídica no es lo mismo que una unidad real del fenómeno en análisis.

Los nombres de los países son como etiquetas colocadas sobre distintos frascos. Pero el nombre adosado al frasco no indica nada acerca del contenido del mismo. Podemos tener tres frascos con tres etiquetas diferentes y el mismo contenido o sustancia. Por lo tanto, sería absurdo afirmar que existen tres sustancias distintas porque así lo indican las etiquetas. Lo metodológicamente correcto es ir primero a la sustancia o contenido y, luego, hacer la clasificación o identificación o etiqueta.

Sólo después podremos determinar cuántas sustancias diferentes existen realmente.

Sin fronteras interiores.

El "plasmodio" oligárquico carece de fronteras interiores. Las fronteras entre los Estados existen desde el punto de vista jurídico, administrativo y geográfico. Pero ello no significa que constituyan fronteras funcionales para la estructura oligárquica global.

Un nodo financiero en Nueva York puede tener una relación funcional mucho más estrecha con otros situados en Londres, Frankfurt o Bruselas que con determinados sectores económicos, políticos o sociales situados dentro del propio territorio estadounidense. La distancia geográfica no determina la distancia funcional.

Tampoco puede atribuirse automáticamente una identidad nacional a la estructura simplemente porque algunos de sus nodos más importantes estén concentrados en determinados países.

El sistema oligárquico, como sostuve en varias ocasiones, no es necesariamente "estadounidense" porque una parte extraordinariamente importante de sus capacidades esté localizada en los Estados Unidos, ni "británico" porque Londres desempeñe determinadas funciones históricas y financieras.

Esas localizaciones pueden indicar concentraciones de poder dentro de la red. No determinan necesariamente la naturaleza del organismo. Una estructura cuya acción es global, cuyos nodos atraviesan las fronteras estatales y cuya reproducción no se encuentra subordinada al desarrollo de una comunidad nacional determinada no puede, en sentido estricto, poseer identidad nacional.

La fabricación de la humedad.

La metáfora puede extremarse todavía más. El moho limoso necesita determinadas condiciones ambientales para extenderse. Necesita, entre otras cosas, humedad.

El sistema oligárquico global también necesita producir las condiciones sociales dentro de las cuales sus nodos puedan conformarse y desarrollarse.

En el sistema oligárquico es la ingeniería social la que produce el caldo de cultivo de modo deliberado o sistémico.

El centro del sistema no necesita fabricar personalmente cada uno de sus nodos ni impartir instrucciones permanentes a todos ellos. Una forma mucho más eficiente de expansión consiste en fabricar globalmente la "humedad" que permite que determinados nodos surjan localmente y prosperen.

La formación de élites, determinados paradigmas económicos, categorías jurídicas, instituciones académicas, mecanismos financieros, medios de comunicación, sistemas de prestigio, organismos internacionales, estructuras de incentivos, doctrinas militares y concepciones acerca de lo posible y lo imposible forman parte de ese ambiente.

La ingeniería social no es solo y simplemente propaganda. Es modificar el espacio dentro del cual los individuos y las instituciones toman sus decisiones.
El éxito máximo de esta ingeniería no se produce cuando un actor obedece una orden exterior, sino cuando ya no necesita recibirla: actúa autónomamente, incluso sinceramente convencido de hacerlo por iniciativa propia, dentro de un campo de posibilidades previamente configurado. La humedad no le ordena al moho que crezca. Hace posible que crezca.

Del colonialismo al plasmodio.

Esta diferencia permite distinguir el sistema oligárquico contemporáneo de formas anteriores de dominación imperial. El colonialismo clásico necesitaba, en gran medida, reproducir y desplazar partes de su propio aparato. Había que enviar administradores, gobernadores, oficiales, funcionarios y agentes de la metrópoli para organizar el territorio dominado.

En términos de nuestra metáfora, existía algo semejante a una división celular (ya no funciona aquí el moho limoso).

La metrópoli producía aparatos relativamente diferenciados que administraban territorios separados y que mantenían una relación jerárquica explícita con el centro imperial.

El plasmodio oligárquico funciona de otra manera. No necesita necesariamente enviar una nueva célula. Puede modificar el medio para que aparezca localmente un nodo funcionalmente integrado al organismo global. La diferencia es grande.

El funcionario colonial debía obedecer porque representaba al centro. El actor local del sistema oligárquico puede no obedecer a nadie. Puede poseer autonomía relativa y, sin embargo, reproducir espontáneamente la lógica general del sistema.

Cuanto más eficaz sea la ingeniería social, menor será incluso la necesidad de agentes directos.

Ucrania y la producción de capacidades.

El proceso ucraniano posterior a 2014 puede ser examinado como una manifestación de esta lógica. No se trató solamente de proporcionar armas después del golpe de Estado de 2014 o de iniciada la guerra en 2022. Durante los ocho años que transcurrieron entre ambas fechas se produjo una profunda transformación militar, institucional, política y cultural de Ucrania, acompañada por una creciente integración con estructuras occidentales.

Desde la perspectiva de la hipótesis que propongo, interesa menos discutir qué país "controla" a Ucrania que observar cómo fueron producidas las capacidades que hicieron posible determinada trayectoria histórica.

Esto permite distinguir entre autonomía inmediata y autonomía estructural. Un mando militar puede tomar por sí mismo una decisión táctica y, sin embargo, depender para sostener sus operaciones de sistemas de inteligencia, financiación, armamento, comunicaciones, municiones, entrenamiento, mantenimiento y logística proporcionados desde otros nodos.

Por eso, para localizar el poder efectivo, no basta con preguntar: ¿Quién da la orden? También debemos preguntar: ¿Quién produce y mantiene las capacidades sin las cuales esa orden no podría ejecutarse sostenidamente?

La dirección estratégica no requiere necesariamente dirección administrativa de cada acto. Controlar las condiciones de posibilidad puede resultar más decisivo que controlar cada decisión.

¿Dónde termina el plasmodio?

Si el sistema oligárquico carece de fronteras interiores (solo las tiene en lo formal), surge una pregunta: ¿Dónde se encuentra su frontera exterior?

La hipótesis que propongo es que aparece allí donde el plasmodio oligárquico encuentra una entidad organizada según un principio funcional diferente: el Estado nacional efectivamente soberano.

No hablamos aquí simplemente del Estado reconocido jurídicamente. Bandera, territorio, gobierno, Constitución, moneda y un asiento en las Naciones Unidas. Todo eso no basta para demostrar soberanía efectiva.

Un Estado puede conservar todos esos atributos y, sin embargo, contener nodos cuyas relaciones fundamentales se encuentren directamente integradas a la estructura oligárquica global.

La soberanía aparece cuando una comunidad consigue subordinar sus diferentes funciones a una finalidad propia y regular los flujos externos conforme a esa finalidad, sin interferencia de fuerzas superiores.

La frontera soberana se parece por ello más a una membrana que a una muralla. Una membrana no impide todo intercambio. Decide qué atraviesa el límite, en qué dirección, en qué condiciones y de acuerdo con las necesidades del organismo. Existe una permeabilidad selectiva.

La soberanía como individuación.

Quizá la entidad soberana no deba ser concebida simplemente como algo previamente existente que resiste desde afuera al plasmodio. En determinadas circunstancias, la soberanía puede aparecer precisamente como reacción a la expansión de la estructura oligárquica.

Allí donde previamente existía continuidad comienzan a establecerse discontinuidades. Una comunidad comienza a determinar que ciertas decisiones sobre crédito, moneda, infraestructura, recursos naturales, tecnología, defensa, producción o cultura deben quedar subordinadas a una finalidad propia. Comienza entonces un proceso de individuación. Y es precisamente esa individuación soberana la que constituye, en sentido fuerte, la identidad nacional.

La nación no sería simplemente una población que vive dentro de determinadas fronteras. Tampoco una identidad cultural abstracta. Sería una comunidad que logra constituirse como sujeto histórico ("pueblo" en el sentido de JDP) mediante un principio soberano capaz de integrar sus diferentes funciones según una finalidad propia.

Por eso la naturaleza del Estado Nacional soberano y la del plasmodio oligárquico son radicalmente asimétricas.

El plasmodio tiende hacia la continuidad. La soberanía produce discontinuidad. El plasmodio atraviesa delimitaciones. La soberanía construye una membrana.
El plasmodio organiza nodos según la reproducción y expansión de la red. La entidad soberana organiza funciones según la reproducción y desarrollo de una comunidad individuada y busca cooperación con otras entidades de su misma naturaleza.

No estamos, por lo tanto, simplemente ante dos potencias que compiten por un mismo espacio. Estamos ante dos principios de organización diferentes.

¿Existen todavía las relaciones internacionales?

Esta conclusión obliga a revisar incluso una de las categorías fundamentales con las que interpretamos la política mundial: las llamadas relaciones internacionales.

La expresión "internacional" presupone aquello que debería demostrar. Presupone que existen previamente dos o más naciones soberanas, claramente individuadas, que después entran en relación.

Pero si dos Estados jurídicamente diferentes contienen nodos pertenecientes a una misma estructura global sin fronteras interiores, su interacción no constituye necesariamente una verdadera relación internacional. Puede ser simplemente una "relación intraglobal", o una relación entre diferentes escenarios locales de una misma estructura global.

Nueva York y Londres pueden aparecer en el mapa como lugares pertenecientes a dos Estados diferentes. Pero si los nodos que interactúan en ambos lugares pertenecen funcionalmente a una misma estructura, la frontera entre Estados no constituye necesariamente una frontera para el fenómeno que estamos estudiando.

No habría allí dos organismos relacionándose. Habría un organismo relacionándose consigo mismo en dos localizaciones diferentes.

Esto explica también por qué utilizamos nombres nacionales sólo como referencias descriptivas. Las etiquetas no deben determinar nuestra teoría.
Puede haber muchos Estados formalmente independientes y, simultáneamente, muy pocas entidades realmente soberanas. Paradójicamente, una época caracterizada por la multiplicación de Estados jurídicos podría ser también una época caracterizada por la disminución del número de verdaderos sujetos nacionales.

Primero las relaciones, después las unidades (Riemann).

Llegamos así al problema metodológico que se encuentra en el fondo de toda esta discusión.

La teoría convencional de las relaciones internacionales comienza generalmente por aceptar determinadas unidades como dadas: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, China, Ucrania, etc.
Una vez establecidas esas unidades, estudia sus relaciones. Pero este procedimiento contiene una dificultad lógica.

Si las unidades reales del fenómeno constituyen precisamente aquello que queremos descubrir, no podemos introducirlas de antemano como premisas de nuestra investigación. Primero debemos investigar las relaciones. Sólo después podremos determinar cuáles son las verdaderas unidades.

Existe aquí una analogía metodológica sugestiva con el problema planteado por Bernhard Riemann respecto de los fundamentos de la geometría. No pretendo, naturalmente, trasladar mecánicamente la geometría riemanniana a la política, pero la analogía es epistemológica.

Riemann cuestionó que las determinaciones métricas fundamentales debieran imponerse al espacio como algo simplemente dado de antemano. La estructura pertinente debía investigarse a partir de las relaciones propias de la multiplicidad considerada.

El problema que tratamos aquí es semejante. El mapa político convencional nos proporciona una geometría aparentemente evidente: unidades estatales discretas separadas por fronteras y vinculadas posteriormente mediante relaciones exteriores. Pero ¿qué ocurre si ésa no es la geometría intrínseca del poder que estamos investigando?

Una frontera dibujada sobre el mapa no demuestra por sí misma la existencia de una discontinuidad funcional. 
Dos instituciones separadas por diez mil km. pueden pertenecer al mismo organismo, mientras que dos estructuras localizadas dentro de una misma ciudad pueden responder a principios funcionales radicalmente diferentes. La distancia relevante no es necesariamente geográfica. Es relacional.

Regla metodológica general: no debemos partir de unidades previamente delimitadas para explicar sus relaciones. Debemos investigar las relaciones para descubrir cuáles son las unidades efectivas que esas relaciones constituyen.

El error contrario consiste en transformar en premisa aquello que debería ser resultado de la investigación.

No contar países: identificar organismos.

Podemos finalmente condensar la hipótesis desarrollada hasta aquí. El sistema oligárquico global no debería ser estudiado principalmente preguntando qué país domina a qué otro país. Esa pregunta puede estar introduciendo una geometría equivocada antes de comenzar la investigación.

Debemos preguntar cuáles son los nodos, qué relaciones mantienen, qué capacidades circulan entre ellos, dónde se produce la "humedad" necesaria para su reproducción, qué estructuras poseen autonomía meramente local y dónde aparecen verdaderas discontinuidades soberanas. Sólo entonces podremos determinar cuántos organismos existen realmente. Quizá descubramos diez Estados y un solo organismo extendido entre nueve de ellos. Quizá dentro de uno de esos Estados descubramos simultáneamente nodos pertenecientes a la estructura global y fuerzas que intentan constituir una individuación soberana.

Y quizá aquello que el mapa presenta como un conflicto entre países resulte ser, observado desde otra geometría, el enfrentamiento entre dos principios completamente diferentes de organización humana.

Por eso la regla fundamental de este enfoque podría formularse sencillamente: No contar países. Identificar organismos. No seguir las fronteras dibujadas. Buscar las discontinuidades funcionales. Porque sólo después de conocer la estructura de relaciones podremos saber cuáles son, verdaderamente, las unidades que se relacionan.