Hay que explicar este título.
Hace 3 años traté de aproximarme a la cuestión a partir de
una columna de Fede Vázquez, ver aquí:
https://oti-blog.blogspot.com/2023/07/acerca-de-la-confrontacion.html
Ahora vamos a intentar otra aproximación a la misma
cuestión.
Supongamos 2 contendientes A y X. El objetivo de A es
doblegar o someter a X. A está confrontando con X. Supongamos que X quiere
doblegar a A, también está confrontando con A. Por lo tanto, dados los mismos
objetivos -inversos- de A y X, tenemos una confrontación o antagonismo. La
razón de este campo de antagonismo es que hay simetría, la naturaleza inversa
de los objetivos de ambos, no elimina la simetría.
Esta es una situación clásica y, digamos, típica, tanto en
el terreno de la economía y la sociedad, como el de las relaciones “internacionales”.
Si A quiere reducir salarios y X aumentarlos hay confrontación. Si A quiere
“seguridad” (en rigor dominar, someter) a expensas de su vecino X y
recíprocamente, eso es confrontación. Por lo general es un juego de suma 0.
Si creemos que el “capitalismo” se supera con control obrero
de los medios de producción y de cambio y el capital cree que la capacidad
obrera se supera con disciplina y represión en las fábricas y con desocupación,
eso es confrontación o antagonismo.
Y así sucesivamente. Lo que tienen en común todos estos
ejemplos es que se cuestiona la distribución del poder en sí mismo en un campo
dado (económico, geopolítico, etc.) y no el principio que configura el campo en
sí mismo. En las formulaciones marxistas, por ej., al nivel teórico, se
cuestiona al modo de producción como funcionamiento estructural pero, al nivel
de la propuesta o programa político, se cuestiona solo al soporte dominante de
ese lugar estructural, proponiendo la inversión de lugares.
Todo ello es antagonismo/confrontación/contradicción. En
este nivel analítico, dentro de una configuración dada, no se requiere
conocimiento nuevo para superar esas contradicciones. La “lucha de clases”
misma opera la “transformación estructural”. Y esa lucha de clases es entre
intereses ya conocidos. Solo hace falta que los débiles pasen a ser fuertes y
los fuertes (anteriores) queden neutralizados o eliminados de la ecuación. La
misma lógica se aplica para los Estados.
Pero en la historia humana existen otro tipo de relaciones
de naturaleza diferente a las señaladas precedentemente. Rara vez se comprenden
porque esa naturaleza tiende a ocultarse tras las apariencias fenoménicas. “No
toda semejanza fenoménica expresa una identidad ontológica”. Dos acciones
pueden ser físicamente semejantes y, sin embargo, pertenecer a procesos
causales distintos. Este tipo de relaciones salen de la simetría aludida más
arriba.
Por ej., vayamos al campo geopolítico y analicemos el
concepto de “guerra”.
Hay casos históricos que no se corresponden con la simetría
del antagonismo o confrontación. En efecto, uno de los que aparece como
contendiente de una “guerra” o confrontación militar puede estar intentando
realizar un principio común, por ej. la llamada “autodeterminación del pueblo”
que suele anteponerse absurdamente a la “integridad territorial”.
Por ej., si la acción de A quiere someter a X, eso
constituye una clase de causa. Y si X quiere preservar el principio de
autodeterminación, eso constituye otra clase de causa. Cuando se produce el
choque entre A y X suele hablarse de “guerra”. Son dos contendientes que
realizan operaciones militares más o menos parecidas. Esta semejanza en la
materialidad esconde la diferencia de naturaleza de la actividad de A respecto
a la de X. Parece que hay antagonismo simétrico pero se esconde una diferencia
profunda.
No se puede comparar una acción cuya finalidad es someter y
doblegar con otra cuya acción es realizar un principio de soberanía o
autodeterminación. Son dos cosas muy diferentes. La acción de A determina el
futuro mediante el sometimiento de X. La acción de X lo hace afirmando un
principio que A quiere negar. Se podría argumentar que X también quiere negar
el objetivo de A, pero esto no sería cierto ya que, para que X satisfaga su
principio no requiere someter a nadie, solo impedir o neutralizar a A que
quiere que no lo satisfaga. ¿Se entiende el punto? Para X la subordinación de
otro A, no constituye su finalidad ni su condición estructural, cosa que para A
sí es ese el caso.
El sujeto A concibe solo en términos de apropiación. El
sujeto X concibe en términos de recreación, redescubrimiento o descubrimiento
de un principio nuevo que quiere poner en ejecución.
El sujeto A no puede comprender al sujeto X puesto que aquel
decodifica la concepción y, sobre todo, la ejecución de X en términos de sus
propias categorías de su propio marco interpretativo de “apropiación”,
“sometimiento”, “dominación”, “control”, etc. Esto conduce a malinterpretar la
concepción y acción del sujeto X como una amenaza a los propios intereses de A.
Es decir que el sujeto A es incapaz de comprender la acción
de X conforme a un principio común porque le atribuye su propia lógica. Interpreta
la acción ajena con las categorías que organizan su propia conducta. Interpreta
cualquier aumento de capacidad ajena como algo hostil.
Se produce así una especie de encierro cognitivo, ya que el
sujeto A no solamente se opone a una determinada acción: carece, dentro de su
esquema conceptual, de una explicación adecuada para una acción que no persigue
el sometimiento ajeno.
Se produce, así, la siguiente irracionalidad por ese
encierro cognitivo: el sujeto A se opone agresivamente a concepciones y
acciones que podrían beneficiarlo y apoya a las que terminan perjudicándolo. No
comprende que un principio común podría beneficiarlo también a él, porque
interpreta ese beneficio posible como una pérdida de su capacidad de imponer
condiciones.
Se produce una suerte de confusión entre la pérdida de una
posición relativa dentro de la estructura anterior y la pérdida de
posibilidades reales dentro de la estructura nueva. Esta confusión puede llevar
a combatir precisamente aquello que permitiría superar las limitaciones de la
situación existente.
Aquí la contradicción no es ya al modo simétrico, sino una
contradicción entre dos modos de concebir la causalidad histórica, uno que
entiende el progreso como apropiación de lo existente y otro que lo entiende
como creación de posibilidades nuevas.
En una determinada organización social, ciertos individuos
disfrutan de ventajas que dependen de la subordinación de otros. Esas ventajas
parecen constituir intereses particulares objetivos. Sin embargo, son intereses
configurados por una organización histórica específica. Cuando aparece un
principio creador capaz de reorganizar las relaciones sociales, no se limita a
redistribuir aquellas ventajas. Se transforman las condiciones que definían
esas “ventajas”.
Por ejemplo, un empresario que posee una ventaja monopólica
sobre una tecnología puede interpretar su difusión universal como una pérdida. Pero
si esa difusión transforma la productividad general, las posibilidades de
consumo, la infraestructura y la capacidad creadora de la sociedad, también
modifica las condiciones de existencia del propio empresario. ¿Se entiende el
punto? Su privilegio anterior puede desaparecer mientras sus posibilidades
reales de desarrollo aumentan. Y su “sensación” de que pierde “privilegios”
solo es válida con las categorías previas a la transformación que introduce el
nuevo principio. Los beneficios futuros no se pueden calcular o medir con las
categorías anteriores a dicha transformación. ¿Se entiende el punto? Esto tiene
consecuencias enormes, por ej., en la “teoría” del valor de Marx.
El sujeto A no reconoce una transformación de la relación
misma. Solamente imagina una inversión de las posiciones dentro de la relación
anterior. Y si el actor no puede concebir esa posibilidad transformadora basada
en principios comunes, su oposición no surge necesariamente de una evaluación
correcta de sus intereses, sino de una incapacidad para imaginar su
transformación.
Por ej., vayamos a la tan mentada “distribución del
ingreso”, cuestión clave del movimiento peronista. La distribución del ingreso
se puede concebir como sacarle a los que más tienen y darle a los que menos
tienen. Eso sería confrontación y antagonismo simétrico, puesto que, cuando se
da vuelta la taba, el capital genera la redistribución inversa del ingreso
(negativa para el trabajo).
Sin embargo, existe otra manera de redistribuir: generando
otras configuraciones y relaciones económicas y productivas. Un ejemplo de esto
fue la propuesta de Boudou de hace un tiempo sobre los cambios en la estructura
de la industria alimentaria. Eso es un cambio de lógica y de configuración
nueva que lleva a la redistribución, pero desde otra geometría económica. Una
innovación genuina modifica la propia geometría económica, transforma lo que
cuenta como recurso, costo, productividad, trabajo necesario e incluso interés
particular.
En la perspectiva que estoy planteando, el antagonismo no
produce necesariamente la solución. Muchas veces es una manifestación de la
incapacidad de una estructura anterior para resolver sus contradicciones o,
cuando lideres de conjunto o conducción logran la capacidad de resolver con
respaldo popular, tienen que lidiar con la reacción de los sujetos A. Pero el
lidiar con eso no es el contenido estructural de su propia identidad sino una
contingencia.
Por lo tanto, aquí tiendo a disentir con Grabois quien tiene
la convicción de las bondades intrínsecas de la confrontación y el antagonismo,
como si ello fuera una energía positiva que genera las soluciones.
En la perspectiva que planteo, la acción y concepción
creadora no tendría como finalidad derrotar al sometedor para ocupar su lugar,
sino superar las condiciones que producen la relación de sometimiento.
Esta es la pregunta relevante: ¿Por qué surge la necesidad
de recurrir a la violencia cuando se intenta realizar un principio que podría
beneficiar a todos, incluso a quienes se oponen?
La oposición puede proceder de actores cuya concepción de
las relaciones humanas está condicionada por una estructura histórica que el
nuevo principio permitiría superar. La violencia no constituye necesariamente
una característica intrínseca del proceso creador. Puede ser una consecuencia
de la resistencia que encuentra.
La resistencia a una transformación creadora puede
originarse en la incapacidad de concebir que los intereses particulares,
incluidos los propios, no son magnitudes fijas, sino relaciones históricas que
pueden ser transformadas por la realización de un principio común.
Pero hay una aspecto trágico en relación a esto. La
incapacidad de imaginar una organización superior de las relaciones humanas
puede convertirse en una causa histórica activa de destrucción.
La finalidad de una concepción y ejecución creativa no es
llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias sean militares,
políticas, ideológicas o económicas, sino modificar la configuración política
que determina su necesidad. Para el sujeto creativo X, el adversario no es el
objeto de su acción sino que el objeto es la transformación de una relación
histórica. La fuerza no es por sí el contenido de lo que pretende realizar.
La acción de A se define por lo que hace contra otro,
mientras que la del sujeto creador X se define por lo que intenta hacer posible
para todos.