Así como la realidad no es la matemática sino la física o, más bien, aquélla es un auxiliar de ésta, o la geometría euclidiana no es la realidad sino la riemanniana, Bretton Woods no finalizó por una inconsistencia de supuestos matemáticos. Bretton Woods cayó por una secuencia de ideas, pensamientos, decisiones y acciones condicionadas por actores influyentes que preveían que, en otro curso de acción alternativo, iban a ganar todavía más influencia, en interacción con otros actores conminados por la necesidad de dar respuesta a lo que percibían como profunda inconsistencia en la dinámica del modelo.
Era obvio que un mundo en crecimiento económico de posguerra, Plan
Marshall, etc. sobre todo entre 1950 y 1965 aprox., iba a demandar más dólares,
su emisión iba a aumentar y mantener la paridad con el oro a un tipo de cambio
fijo (35 U$S x onza troy) generaría tensiones. Pero esto es la teoría del
manejo técnico, que puede dar lugar a diversas herramientas de gestión.
Pero el cambio de régimen monetario y financiero formalizado en
agosto de 1971 durante el mandato de Nixon fue otra cosa muy distinta, no un
ajuste o racionalización dentro de los marcos del régimen hasta ese momento
vigente.
Ese cambio de régimen no fue consecuencia inevitable de ninguna
contradicción intrínseca sino el corolario de ideas geopolíticas globalistas
nacidas (o renacidas) al calor mismo de la victoria de los aliados en la II guerra mundial.
En efecto, tras la rendición de Alemania en mayo de 1945, Churchill
concibió un plan (“operación impensable”) para atacar a la URSS a fin de “…
imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y el Imperio Británico”.
Luego del fallecimiento de FDR el mes anterior, se facilitaron las
condiciones en EE.UU. para que se desarmara la alianza con la URSS contra el
nazismo y se instilara dentro del estamento militar y de inteligencia estadounidense
(la CIA todavía no existía sino solo la OSS que era una agencia de inteligencia
temporal al solo efecto de hacer la guerra a los nazis pero que tomaba como
modelo al MI6 británico) la doctrina del enemigo geopolítico soviético que dio
origen a la llamada “guerra fría”.
Esa idea geopolítica cristalizó en la CIA fundada en 1947 bajo el
mandato de Truman quien había sido vice de FDR y se convirtió en presidente
tras el fallecimiento de éste. La CIA se fundó bajo la estrecha relación y
asesoramiento de los servicios británicos del MI6 ya bajo el funcionamiento de
la anterior OSS. Es decir que el personal permaneció en el pasaje OSS a CIA, lo
que cambió fue la construcción del enemigo: antes el nazismo, ahora los
soviéticos. A ese personal se sumó, a instancias de la gentileza británica, “mano
de obra desocupada” de militares nazis, varios de los cuales habían sido genocidas al
servicio de Hitler.
Si no se hace referencia a estos asuntos no se va a entender cómo
y porqué el sistema global mundial ahora en crisis aguda de descomposición funcionaba
como funcionaba.
Ya tenemos una continuidad entre la idea geopolítica del Imperio
británico y su “implantación” en los EE.UU. y el camino seguido desde este
país.
Es decir que la “construcción” de la “guerra fría” surgió en el
preciso momento en que el cadáver del nazismo todavía no se había enfriado, ya
que el plan “Operación Impensable” data de mayo mismo de 1945 (Hitler se había
suicidado hacía menos de un mes). Aunque el plan no se llevó a la práctica dada
la enorme dificultad de enfrentar a un ejército soviético vencedor contra
Hitler, reveló en qué estaban pensando los administradores del imperio
británico.
Esto no es ninguna sorpresa porque la inteligencia británica y
algunos elementos en EE.UU. ayudaron a Hitler a llegar al poder entre fines de
1932 y marzo de 1933 y, no solo eso, lo consolidaron en el poder, entre 1933 y
1938 aprox, por medio de la cobertura financiera del Banco de Inglaterra de M.
Norman, como ya demostré en un post de este mismo Blog, lo que facilitó el rearme
de Alemania. Logrado eso, lo incentivaron a que atacara a la URSS, lo que
finalmente hizo a medidos de 1941 (menos de dos años después de iniciada la II guerra
mundial), lo que marcó un punto de inflexión en la guerra que llevó a Alemania
a la perdición.
Liquidado un “monstruo” ya había que ir contra otro: la Unión Soviética.
Mientras en la faceta geopolítica de trastienda se estaba
cocinando todo eso, en la faceta económica, financiera y monetaria se estaban
discutiendo las características del sistema que debía regir en el mundo de
posguerra. Que ya no se trataba de un mundo de “paz”, puesto que la fase
geopolítica se estaba encargando de diseñar la guerra contra el “nuevo” enemigo
soviético.
Por lo tanto, cualesquiera hayan sido los debates acerca del nuevo
orden económico, monetario y financiero de posguerra, ya estaba condicionado,
lo sepan o no los actores de ese debate, por la geopolítica de guerra originada
en Gran Bretaña y Churchill.
Esta orientación llevó a la guerra de Corea primero (1950/53) y la
de Vietnam luego (1965/73). Ambas guerras, su preparación y desarrollo tuvieron
notables consecuencias en la dinámica del patrón oro de Bretton Woods.
En efecto, la guerra de Corea sentó las bases del complejo militar-industrial
estadounidense que llevó el gasto militar a un nivel nunca antes visto, a pesar
del esfuerzo del presidente Eisenhower de estabilizar la economía y el gasto
público luego del fin de esa guerra. El gasto militar quedó en un nivel
altísimo medido como se mida, lo que ocasionó presiones significativas sobre el
sistema de convertibilidad entre el dólar y el oro.
A pesar de las advertencias de Eisenhower sobre la influencia
desmedida del complejo militar-industrial, este siguió creciendo y concentrando
más y más poder, hasta el punto de que se deshizo del presidente JFK que le
molestaba, luego de lo cual vino la otra guerra, la de Vietnam. Guerra que
ocasionó un desbarajuste todavía peor que la anterior, agudizando enormemente
la presión sobre la paridad dólar/oro, al crecer el gasto y la deuda a niveles
exorbitantes.
Esa situación, que nada tenía que ver con supuestas
contradicciones intrínsecas del sistema de Bretton Woods, llevó a Nixon a la decisión
de poner fin a la convertibilidad dólar/oro, lo que abrió una época de un nuevo
régimen monetario y financiero que facilitaría aún mejor la geopolítica de
guerra.
La incompatibilidad entre el patrón oro de Bretton Woods y la geopolítica de guerra.
En efecto, el enorme gasto y déficit que ocasionaba la geopolítica
de guerra era demasiado visible dentro de los parámetros de Bretton Woods, ya
que se ponía en evidencia enseguida la presión sobre el oro que era el respaldo
del dólar. Esta situación facilitaba que surgieran enfoques orientados a
limitar la expansión bélica y el gasto.
Tales enfoques eran potencialmente enemigos mortales de la
geopolítica de guerra, la que se basaba en la expansión permanente del complejo
militar-industrial y su búsqueda de “guerras perpetuas”.
Por lo tanto, aquí el dilema no era el de Triffin sino entre parámetros
más o menos rígidos o gestionables de Bretton Woods y las apetencias del complejo
militar-industrial que desbordaba esos parámetros.
La satisfacción del gasto militar creciente y la multiplicación de
guerras y conflictos geopolíticos conducían a poner en evidencia inmediata la
insolvencia del sistema debido a las reglas monetarias y financieras propias de
Bretton Woods. Por lo tanto, uno de los dos debía perecer. Pereció Bretton
Woods y el complejo militar-industrial pegó otro salto exponencial y, con eso, se
ingresó en la última época de guerras geopolíticas y en la crisis final.
Por qué el fin de Bretton Woods favoreció el auge del complejo-militar-industrial
ampliado ahora a lo financiero y mediático y la victoria sobre la URSS.
Que yo sepa, nadie hizo esta relación hasta ahora, que la vengo a
explicitar.
En efecto, el cambio de régimen monetario y financiero de agosto
de 1971, más los tipos de cambio flexibles, más el montaje del sistema del
petrodólar, más las políticas monetarias drásticas de Volcker, transformaron la
economía global y otorgaron a EE.UU. una ventaja estructural en la Guerra Fría.
Al pasar de un sistema de convertibilidad rígido a uno basado en deuda y
confianza, EE.UU. ganó una capacidad inédita para sostener gastos militares
prolongados sin colapsar su economía civil, a diferencia de la URSS.
El dólar, al liberarse del oro, se
convierte en activo financiero global, no en promesa de oro, EE. UU. puede
financiar su gasto militar mediante deuda y emisión, sin mostrar insolvencia
inmediata. Los mercados internacionales absorben el costo de la hegemonía
estadounidense, mientras que la URSS, en cambio, mantenía una economía cerrada,
sin acceso a financiamiento global, con un gasto militar que drenaba recursos
reales de la economía civil. Sin un sistema financiero capaz de “disimular” los
déficits, la presión interna se volvió insostenible y eso condujo a la
disolución de la Unión Soviética.
En cambio, en EE.UU., el déficit no se
expresaba ya como pérdida de reservas como antes de agosto de 1971, sino como expansión
de activos financieros, y la deuda ya no era una señal de insolvencia sino un
instrumento de política monetaria.
Los mercados internacionales
absorbieron los bonos del Tesoro estadounidense como activos seguros, el
déficit se “exportó”: los inversores extranjeros financiaban el gasto militar y
social de EE. UU. comprando deuda. Así,
el costo fiscal se diluyó en el sistema financiero global, invisibilizando su
impacto interno.
El nuevo régimen transformó el déficit
en instrumento de poder: lo que antes era una señal de agotamiento se volvió
una fuente de expansión. La economía civil pudo “prosperar” porque el costo de
la guerra se desplazó al plano financiero global, donde se volvió invisible y
administrable.
Pero bien sabemos que ese “prosperar”
era ficticio, basado en crédito barato, consumo, deuda y especulación y no en
productividad física real.
El cambio de 1971 más las reformas
posteriores que sentaron las nuevas premisas, no solo disimularon el déficit,
sino que institucionalizaron la ficción de prosperidad, creando un modelo donde
la guerra podía sostenerse indefinidamente sin que la sociedad civil percibiera
el sacrificio real.
Esa apariencia de bienestar que
ocultaba la falta de solidez material, es lo que se está descomponiendo en la
actualidad y lo que queda a la vista es la fragilidad más patente.
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